La Patum de Berga ha vuelto a tomar las calles de la localidad con todo su despliegue. La celebración ha arrancado en la plaza de Sant Pere, escenario principal de una de las fiestas tradicionales más espectaculares y singulares, que cada año congrega a una multitud de asistentes.
El arranque de la fiesta sigue su orden habitual. La Patum comienza con el bestiario y con las comparsas tradicionales, entre las que figuran las batallas de moros y cristianos, que abren paso a un programa cargado de simbolismo y de elementos heredados durante generaciones.
Entre los actos más característicos destaca también la parte más solemne. El baile del águila ocupa un lugar especial dentro de la celebración, aportando un contrapunto ceremonioso al ambiente festivo y bullicioso del resto de las comparsas.
El fuego es, sin duda, uno de los grandes protagonistas. Las guites, la grossa y la xica, esta última mucho más traviesa, se dedican a lanzar fuego por las fauces en dirección a los asistentes, en una estampa que combina la tensión y la diversión y que forma parte de la esencia de la fiesta.
Con todo, el momento más importante de la Patum llega en otro instante. Se trata de los dos saltos de los plens, que tienen lugar al final de la segunda y de la cuarta ronda, y que concentran toda la expectación del público a lo largo de la jornada.
Ese momento es de una intensidad difícil de igualar. Alrededor de cien personas disfrazadas de demonio salen portando hasta nueve fuets cada una, unos petardos que se encienden todos a la vez, generando un escenario de fuego total que se convierte en la auténtica culminación de la fiesta.
Esa imagen es, precisamente, la que ha dado fama a la celebración. El salto de los plens es el momento que ha proyectado a la Patum más allá de Berga, hasta el punto de que en 2005 la UNESCO declaró la fiesta como fiesta cultural de interés, reconociendo su valor patrimonial.
