El papa León XIV pronunció un discurso ante el Congreso de los Diputados, en un acto considerado histórico por tratarse de la primera vez que un pontífice habla en la sede de la soberanía nacional española. En su intervención centró su mensaje en la paz, la libertad y el cuidado del lenguaje en la vida pública. Sus palabras estaban dirigidas a los representantes políticos del país, pero también al conjunto de la sociedad.
Sobre la paz, el papa sostuvo que esta no es únicamente una realidad política o institucional, sino que nace también en la conciencia, allí donde el rencor, la indiferencia y el odio ceden espacio a la reconciliación. Añadió que, en una convivencia madura, incluso el conflicto puede convertirse en un camino hacia la paz cuando las diferencias se abordan desde la escucha y el reconocimiento de las necesidades de todos.
Un eje central de su discurso fue el lenguaje. El pontífice recordó que las palabras pueden abrir caminos o cerrarlos, iluminar la realidad o deformarla. Por eso afirmó que quienes ejercen una responsabilidad pública tienen una especial obligación de custodiar la palabra y de desarmar el lenguaje, subrayando que la firmeza no exige desprecio y que la discrepancia no conlleva humillación.
León XIV dedicó también una parte de su intervención a la libertad de pensamiento, de conciencia y de religión, a la que definió como un derecho fundamental que tutela el ámbito más íntimo de las personas. Señaló que un Estado contemporáneo auténtico reconoce la dimensión religiosa del ser humano, la respeta y la protege jurídicamente, evitando que alguien tenga que renunciar a contribuir a la sociedad por causa de su fe.
El papa matizó, además, qué entiende por libertad. Ser libre, dijo, no significa únicamente estar libre de coacciones o disponer de muchas opciones, sino poder reconocer el bien y adherirse a él de manera responsable. En esa línea defendió una justa delimitación del poder público, de modo que la libertad de las personas, comunidades y asociaciones no quede indebidamente restringida.
En su mensaje subrayó que la autonomía del orden temporal nunca debe interpretarse como hostilidad hacia el fenómeno religioso. La fe, dijo, no pretende imponerse mediante privilegios ni coacciones, pero tampoco puede ser relegada al silencio como si fuese irrelevante para la vida pública. En ese contexto reivindicó la importancia del sigilo sacramental de la confesión, cuya tutela jurídica comparó con la de algunas profesiones, como un espacio de libertad interior que debe preservarse.
