La segunda ola de calor de este julio está teniendo un impacto directo y devastador sobre la salud en España. El sistema de monitorización de la mortalidad estima que las temperaturas extremas han causado 622 muertes en el país en solo los primeros nueve días del mes, una cifra que confirma que el calor se está cobrando vidas de forma acelerada.
El dato procede del sistema conocido como MoMo, el sistema de monitorización de la mortalidad diaria. Esta herramienta fue desarrollada en el año 2004 por el Centro Nacional de Epidemiología junto al Ministerio de Sanidad, y permite estimar de forma continuada cómo evoluciona la mortalidad asociada a episodios como las olas de calor.
La cifra de julio se suma a un balance de junio ya muy elevado. Ese mes cerró como el segundo más mortífero desde 2017, con 940 fallecimientos atribuidos al calor. La comparación entre ambos periodos refleja que el verano está siendo especialmente duro y que las temperaturas extremas se están traduciendo en un exceso de muertes considerable.
Uno de los factores que agrava la situación son las noches. Esta nueva ola encadena noches tropicales consecutivas en las que las temperaturas apenas bajan, lo que impide que el organismo se recupere del calor acumulado durante el día y aumenta el riesgo para las personas más frágiles.
El perfil de las víctimas está muy definido. La inmensa mayoría de los fallecidos superan los 85 años y muchos presentan patologías crónicas, sobre todo cardiovasculares o renales. Ese riesgo se multiplica además en personas que toman medicamentos habituales como ansiolíticos o diuréticos, ya que alteran la capacidad del cuerpo para regular la temperatura.
El impacto del calor no se limita a las cifras de mortalidad, sino que también tensiona el sistema sanitario. Durante los meses de verano la probabilidad de hospitalización general sube más de un 13%, una presión añadida para unos servicios de urgencias ya mermados por las vacaciones del personal técnico y médico en esta época del año.
