El presidente de Nicaragua, Daniel Ortega, ha anunciado el fin de las elecciones en el país, en un movimiento que supone un nuevo paso en la deriva autoritaria del líder sandinista. Con esta decisión, Ortega, que lleva cerca de dos décadas al frente del Estado, parece avanzar en su objetivo de mantener el poder en manos de su propia familia, cerrando el paso a cualquier mecanismo de relevo en las urnas.
El anuncio se enmarca en un giro autoritario que comenzó con el regreso de Ortega al poder en 2007. Desde entonces, el mandatario se ha ido afianzando al frente del país centroamericano en un proceso marcado por las denuncias de fraude electoral y por la represión ejercida contra la oposición, que han acompañado a los sucesivos comicios celebrados en Nicaragua durante estos años.
La supresión de las elecciones elimina el último cauce formal de alternancia política que quedaba en el país. Al renunciar a convocar comicios, el Gobierno sandinista despeja el camino para conservar el control del Estado sin someterse ya al trámite de las urnas, un trámite que en los últimos años había estado rodeado de acusaciones de irregularidades y de falta de garantías.
Uno de los movimientos más llamativos de esta concentración de poder se produjo el pasado mes de enero, cuando la esposa de Ortega, Rosario Murillo, fue situada en el recién creado cargo de copresidenta. La creación de esa figura elevó de forma explícita el papel de la pareja presidencial en la cúpula del Estado nicaragüense y reforzó su control sobre las principales instituciones.
La decisión de dar por terminadas las elecciones profundiza así un modelo de gobierno personalista y familiar, en el que el matrimonio Ortega-Murillo ocupa el centro de las decisiones. El anuncio confirma la dirección que ha seguido el poder en Nicaragua a lo largo de los últimos años, en los que las instituciones del país han quedado cada vez más alineadas con el proyecto del líder sandinista.
Con este paso, Nicaragua se aleja todavía más de los procesos electorales que caracterizan a las democracias representativas. El movimiento de Ortega consolida su permanencia al frente del país y cierra, al menos por ahora, la vía de las urnas como posible cauce para un cambio político, en un contexto en el que la oposición lleva años denunciando la clausura de los espacios democráticos.
