La obra de Antoni Gaudí se ha consolidado como uno de los grandes motores del turismo en Barcelona. Contar con la Sagrada Família, con la Casa Batlló y con el conjunto de la obra del arquitecto convierte a la ciudad en un espacio y un destino único, capaz de atraer a visitantes de todo el mundo.
Las cifras dan la medida de ese atractivo. El año pasado, 16 millones de turistas visitaron Barcelona, una afluencia que confirma a la capital catalana como una de las principales destinaciones turísticas del mundo y que se apoya en buena parte en el tirón de Gaudí.
Ese imán tiene, de hecho, una fuerza difícil de igualar. El efecto Gaudí es un reclamo que supera cualquier campaña publicitaria, ya que la simple presencia de sus edificios funciona por sí sola como una invitación a conocer la ciudad.
Sin embargo, semejante éxito también plantea un desafío. El gran reto es cómo gestionar esta afluencia para que no se convierta en un problema de masificación, una preocupación cada vez más presente en una ciudad tan visitada.
Para ordenar las visitas, la venta de entradas por internet se ha revelado como una herramienta útil. La gente ya acude directamente a la hora que tiene fijada y los accesos resultan más fluidos, lo que ayuda a repartir mejor el flujo de visitantes a lo largo del día.
El sector ve además una oportunidad en no concentrarlo todo en los mismos puntos. Más allá de la Casa Batlló y la Sagrada Família, se reivindican otros recursos de Gaudí, como la Colònia Güell, e incluso lugares fuera de Barcelona como Reus o Mataró, donde la huella del arquitecto también es importante.
En paralelo, la propia ciudad ha puesto límites a su crecimiento turístico. Barcelona ha limitado su capacidad de acoger turistas, de modo que no se podrán hacer más hoteles ni más pisos turísticos en el centro, sino que incluso se reducirán, y también se actuará sobre las terminales de cruceros. Con todo, el sector apunta que, con la visita del papa y una vez acabada la Sagrada Família, la ciudad ganará todavía más resonancia internacional.
