Hace apenas seis meses, Tulum era uno de los destinos más visitados del Caribe mexicano. Hoy, la región enfrenta una marcada crisis turística que ha cambiado la vida de muchas familias. La caída de la que fue considerada la gema más preciada de la Riviera Maya se ha sentido con fuerza entre quienes vivían del turismo. Entre los afectados está la familia de Gilberto, conocido como el Chuchuy.
Gilberto llegó a Tulum desde Veracruz con la esperanza de un futuro mejor. Ese plan, sin embargo, se vio truncado con el desplome de la actividad turística. La primera vez que fue entrevistado, en noviembre del año pasado, vivía en la zona conocida como la invasión, donde se sintió primero la caída en desgracia del destino. Allí, contaba, prácticamente no le quedaba nada.
Según lo reportado, lo que expulsó a estas familias no fue un huracán, sino la devastación económica. Pesaron sobre todo el cierre del Parque del Jaguar el año pasado y la crisis de inseguridad que golpeó a la zona. La combinación de ambos factores aceleró el deterioro de la actividad y dejó sin sustento a muchos trabajadores. Para varios de ellos, quedarse dejó de ser una opción.
De la casa que Gilberto rentaba en Tulum solo quedó la basura, la huella de que allí vivió una familia. El plan, explicaba, era vender en la escuela para poder pagar los más de dos mil pesos de renta. Al final, ni siquiera eso fue suficiente para sostenerse. El inmueble terminó vacío y abierto, como tantas otras viviendas de la zona.
La familia decidió regresar a los pueblos mayas de Yucatán, que se han ido repoblando debido a la desgracia turística de Tulum. La esposa de Gilberto, Lucy, volvió a casa de sus padres, al lugar donde todo empezó décadas atrás. Recuerda que de niña pelaba naranjas y hoy vuelve a hacerlo cuando hay temporada. Ahora que la naranja se acabó, se dedica a vender dulce de coco.
La situación diaria de la familia es de gran precariedad. Cuentan que la vida en el pueblo implica muchos gastos y que las cosas resultan más caras allá que en Tulum. El día de la visita habían podido desayunar, pero no con dinero propio, sino gracias a la invitación de la madre de Lucy. Sobre si tendrían comida o cena ese día, la respuesta fue clara: por el momento, no tenían nada.
