Por primera vez en cuatrocientos años de historia, el público puede visitar el Patio de los Evangelistas del Monasterio de El Escorial, uno de los rincones más singulares de este monumento declarado Patrimonio de la Humanidad. Se trata de un patio renacentista, ubicado entre estanques y jardines en el corazón del conjunto, que vuelve a mostrar su armonía tras una intervención de restauración. Hasta ahora este espacio había permanecido cerrado a los visitantes, de modo que su apertura permite descubrir un lugar que durante siglos quedó reservado a la vida interior del monasterio.
El contraste con el resto del edificio resulta llamativo. Estamos acostumbrados al aspecto severo e imponente de El Escorial, a la sobriedad del granito que define su imagen exterior, pero en las entrañas del monasterio se halla un auténtico oasis. El patio ofrece un remanso de calma frente a la contundencia arquitectónica del conjunto, un jardín interior donde la piedra deja paso al agua y a la vegetación, revelando una cara mucho más amable y luminosa de un monumento asociado casi siempre a la austeridad.
La restauración se ha guiado por mapas y pinturas del siglo XIX, una documentación que ha permitido conocer con detalle las canalizaciones hidráulicas que recorren el jardín. Gracias a ese trabajo se ha podido recuperar el funcionamiento del agua en un espacio que está inundado de simbolismo y que fue concebido con una intención muy precisa. El resultado devuelve a los estanques y a las fuentes el papel central que tuvieron en el diseño original, dentro de un conjunto pensado hasta el último detalle.
El significado del patio va mucho más allá de su belleza. El espacio representa el paraíso terrenal, un lugar cerrado organizado en torno a los cuatro ríos, las cuatro fuentes y los cuatro estanques que estructuran el jardín. Este era el corazón de la vida de los Jerónimos, la comunidad religiosa que habitó el monasterio, y en su trazado se condensa buena parte del sentido espiritual con el que fue levantado el conjunto. Cada elemento responde a una lógica simbólica que convierte el jardín en una representación del edén.
La geometría es otra de las claves del Patio de los Evangelistas. Las esculturas de los cuatro evangelistas y el templete central siguen la geometría cuadrada que rige todo El Escorial, tal y como quiso Felipe II al ordenar su construcción. La simetría alcanzada es tan perfecta que fue precisamente en este punto donde comenzó a edificarse el monumento, lo que convierte al patio en el origen físico y conceptual del gigantesco conjunto que se levantó a su alrededor.
Esa voluntad de orden se percibe desde determinados ángulos del propio patio. Situándose en una de las esquinas y observando al mismo tiempo el templete y el cimborrio del monasterio, se aprecia cómo la geometría se repite y se responde a sí misma en distintos planos del edificio. Lo que el visitante percibe, en definitiva, es un lugar profundamente equilibrado, una belleza en equilibrio de la que ahora puede disfrutar cualquiera que se acerque hasta este rincón antes inaccesible.
La experiencia de recorrer el patio invita a la calma. El ruido del agua al caer en las fuentes resulta relajante, se está fresco entre los estanques y todo el conjunto anima a la reflexión pausada, muy alejada del ritmo con el que suele visitarse el resto del monumento. Quien accede a él toma conciencia de la enorme dimensión histórica del lugar, un tesoro hasta ahora oculto que ahora invita a contemplar con serenidad siglos de historia acumulada en el corazón de El Escorial.
