Llanuras inmensas por encima de los cuatro mil metros, salares que ciegan bajo el sol y volcanes que rozan los siete mil metros. La Puna, en el noroeste argentino, es uno de los desiertos de altura más extremos del planeta. Te contamos por qué es tan seco, tan alto y tan sobrecogedor.
Hay un rincón del noroeste argentino donde la tierra parece pertenecer a otro planeta: llanuras inmensas envueltas en un silencio absoluto, salares que ciegan bajo el sol y volcanes que se recortan contra un cielo de un azul casi imposible. Es la Puna, uno de los desiertos de altura más extremos que existen sobre la faz de la Tierra.
Un altiplano solo superado por el Tíbet
La Puna es una vasta altiplanicie que se despliega por las provincias de Salta, Jujuy y el oeste de Catamarca, a alturas que suelen oscilar entre los 3.200 y los 4.800 metros sobre el nivel del mar. Para hacernos una idea, buena parte de sus llanuras se encuentra más arriba que casi cualquier cumbre de los Alpes europeos.
Con una altitud media cercana a los 3.800 metros, suele describirse como la segunda meseta más alta del mundo, solo por detrás del altiplano del Tíbet. A su alrededor, decenas de montañas y volcanes andinos superan con holgura los 6.000 metros, cerrando el horizonte prácticamente por todos lados.
Por qué llueve tan poco aquí arriba
El secreto de su extrema sequedad está en las propias montañas que la rodean. Los vientos cargados de humedad que llegan desde el este y el noreste descargan casi toda su lluvia al chocar contra los primeros cordones serranos, donde pueden caer varios cientos de milímetros de agua cada año.
Cuando esas mismas masas de aire logran cruzar hacia el interior, ya han quedado prácticamente secas, de modo que sobre la meseta apenas cae precipitación. Por eso la Puna figura, junto al vecino desierto de Atacama, entre las zonas más áridas del planeta fuera de las regiones polares.
Salares que brillan como espejos
Uno de los espectáculos más fascinantes de la Puna son sus salares, enormes costras blancas que fueron antiguos lagos evaporados a lo largo de milenios. Las célebres Salinas Grandes, entre Jujuy y Salta, se extienden a unos 3.450 metros de altura y forman un mar blanco que deslumbra por completo la vista.
Más al sur aparece el Salar de Arizaro, uno de los mayores del mundo por superficie, con cientos de kilómetros cuadrados de sal. Bajo esas planicies se esconde además buena parte de las reservas de litio que hoy convierten a la región en un punto de enorme interés para la industria de todo el planeta.
Volcanes que rozan los siete mil metros
El horizonte de la Puna está dominado por volcanes colosales, muchos de ellos entre los más altos de la Tierra. El Llullaillaco, en el límite con Chile, se eleva por encima de los 6.700 metros y guarda uno de los secretos arqueológicos más sorprendentes de toda la cordillera de los Andes.
En su cima helada se hallaron santuarios incas y cuerpos preservados por el frío extremo, testimonio de rituales celebrados hace más de cinco siglos a una altura asombrosa. Estos hallazgos revelan hasta qué punto las culturas andinas convivieron con este territorio inhóspito y elevado durante muchísimo tiempo.
Un cuerpo que lucha por el oxígeno
Viajar por la Puna supone un desafío físico real, porque a estas alturas la presión atmosférica cae y cada bocanada de aire contiene bastante menos oxígeno del que estamos acostumbrados. El llamado apunamiento, o mal de altura, puede provocar dolor de cabeza, fatiga y falta de aliento en los recién llegados.
Los pueblos andinos aprendieron durante generaciones a convivir con esta condición, ascendiendo despacio, descansando y masticando hojas de coca para aliviar los síntomas. A ello se suman una radiación solar intensísima, un frío cortante por las noches y una amplitud térmica que puede superar los treinta grados en un solo día.
El desafío de vivir y viajar en el techo del país

Pese a la dureza del entorno, la Puna está lejos de ser un lugar sin vida. Rebaños de llamas y vicuñas recorren los pastizales ralos, mientras pequeños pueblos de adobe resisten aferrados a las escasas vertientes de agua, manteniendo vivas tradiciones que se remontan a tiempos precolombinos.
Recorrerla implica avanzar por caminos interminables y solitarios, donde las distancias se estiran más allá de toda lógica y el paisaje apenas cambia durante horas. Quien se anima a subir descubre, sin embargo, una de las experiencias más sobrecogedoras y memorables que ofrece toda la Argentina.

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