Las Cataratas del Iguazú, en la provincia argentina de Misiones, forman uno de los sistemas de cascadas más impresionantes del planeta, con cerca de doscientos setenta y cinco saltos de agua rodeados de una exuberante selva llena de vida, declarados Patrimonio de la Humanidad.
En lo más profundo de la exuberante selva subtropical del extremo nordeste de la Argentina, muy cerca de la frontera con el vecino Brasil, se esconde uno de los espectáculos naturales más sobrecogedores y grandiosos de todo el planeta. Mucho antes incluso de poder verlas siquiera, el viajero ya escucha a lo lejos el rugido atronador del agua, que anuncia sin lugar a dudas la cercanía de las célebres y majestuosas Cataratas del Iguazú.
Un rugido en medio de la selva
Las Cataratas del Iguazú se encuentran a lo largo del caudaloso río del mismo nombre, muy poco antes de que sus aguas terminen finalmente por unirse a las del enorme río Paraná. Su nombre proviene de una antigua lengua indígena de la región y significa, de una manera muy acertada y descriptiva, agua grande, un nombre que capta a la perfección la inmensidad y la fuerza descomunal de este lugar único en el mundo.
Rodeadas por completo y por todas partes de una selva densa, húmeda y rebosante de vida, las cataratas ofrecen a cada visitante una experiencia que resulta verdaderamente inolvidable para todos los sentidos. El estruendo constante del agua al caer, la fina neblina que flota permanentemente en el aire y el intenso verdor de la vegetación se combinan para crear una atmósfera mágica y sobrecogedora que después nadie olvida jamás.
Doscientas setenta y cinco caídas de agua
Lo que hace que este lugar sea tan absolutamente extraordinario y diferente de cualquier otra catarata del mundo es que no se trata en realidad de un único salto de agua, sino de todo un vasto conjunto de ellos. Los expertos calculan que a lo largo de la frontera existen aproximadamente doscientas setenta y cinco caídas de agua distintas, que se extienden una tras otra a lo largo de casi tres kilómetros de anchura total.
Esta impresionante hilera interminable de cascadas dibuja en el paisaje una enorme y elegante forma de herradura que resulta sencillamente imposible de abarcar con una sola mirada. Algunos de estos saltos alcanzan alturas verdaderamente vertiginosas, de hasta ochenta y dos metros, mientras que la gran mayoría de ellos rondan los sesenta metros, formando entre todos en su conjunto una muralla de agua sencillamente colosal.
La Garganta del Diablo

De entre todas las numerosas caídas que componen las cataratas, hay una muy en particular que destaca por encima de todas las demás por su enorme tamaño y su imponente dramatismo, y es la célebre Garganta del Diablo. Se trata de una gigantesca hendidura abierta en la roca con forma de letra U, hacia la cual se precipitan de golpe y con una furia realmente indescriptible enormes cantidades de agua desde casi todas las direcciones.
Asomarse con mucho cuidado a este abismo rugiente, desde las pasarelas especialmente construidas para ello, constituye sin ninguna duda la experiencia más intensa y emocionante de toda la visita al lugar. La fuerza sobrehumana del agua al despeñarse, la enorme columna de vapor que se eleva sin cesar hacia el cielo y el rugido ensordecedor dejan al visitante completamente pequeño y humilde ante la inmensa grandeza de la naturaleza.
Más grandes que el Niágara
Para poder comprender realmente la verdadera dimensión y la magnitud de las Cataratas del Iguazú, resulta francamente muy útil compararlas con otras cascadas mundialmente famosas de todo el planeta. Las célebres Cataratas del Niágara, en América del Norte, son sin ninguna duda muy conocidas en el mundo entero, y sin embargo el conjunto del Iguazú llega a ser casi tres veces más ancho que ellas en toda su totalidad.
Esta comparación tan sorprendente ayuda a hacerse una idea mucho más clara de por qué tantísimos viajeros de todos los rincones del mundo consideran a estas cataratas como una de las auténticas maravillas naturales que existen. No es en absoluto extraño, por lo tanto, que muchas de las personas que han tenido la enorme fortuna de visitarlas las describan después como el espectáculo más impresionante de toda su vida entera.
Un paraíso de vida salvaje
Sin embargo, las Cataratas del Iguazú son muchísimo más que simplemente agua cayendo, ya que constituyen también el corazón palpitante de una selva subtropical rebosante de una riquísima diversidad de vida. Esta frondosa y verde selva alberga en su interior más de dos mil especies distintas de plantas diferentes, junto a una enorme y colorida variedad de animales de todo tipo que la habitan libremente en total libertad.
Entre la espesa vegetación y a la orilla misma del ancho río viven criaturas tan fascinantes como el escurridizo y bello jaguar, los siempre curiosos coatíes, los grandes y tranquilos osos hormigueros y numerosas aves de vivos colores como los inconfundibles tucanes. Todo este conjunto convierte al lugar no solo en un espectáculo visual, sino también en un valiosísimo refugio natural para incontables especies, algunas de ellas muy amenazadas.
Un tesoro protegido para el mundo
Debido a su enorme valor tanto natural como paisajístico, las cataratas y la extensa selva que las rodea por completo se encuentran hoy cuidadosamente protegidas dentro de un importante parque nacional creado especialmente para ese noble fin. Ya en el lejano año mil novecientos ochenta y cuatro, este lugar verdaderamente excepcional fue oficialmente reconocido como Patrimonio de la Humanidad, un honor reservado únicamente a los sitios más valiosos del planeta.
Gracias a esta valiosa e importante protección, cada año miles y miles de visitantes procedentes de los más diversos países del mundo pueden acercarse a contemplar de cerca este auténtico y sobrecogedor prodigio de la naturaleza. Recorrer sus largas pasarelas, sentir la refrescante neblina sobre la piel y escuchar el rugido eterno del agua es, para muchos afortunados viajeros, un viejo sueño largamente acariciado que por fin se hace realidad.
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