¿Sabías que casi la mitad de los viajeros visita tiendas de autoservicio para descubrir sabores locales? Analizamos la nueva tendencia del food tourism.
El 44% de los turistas ya no entra a un supermercado solo para comprar papel higiénico o agua embotellada. Lo hace con una misión específica: descubrir qué come la gente local en su día a día. Esta cifra, revelada por el informe Tourism Trends 2026 de Statista, marca un punto de inflexión en cómo entendemos la gastronomía de viaje. Ya no se trata solo de reservar mesa en un restaurante de moda o hacer una cata de vinos exclusiva.
Es una transformación silenciosa pero profunda. El pasillo de las galletas o de los condimentos se ha convertido en una ventana abierta a los hábitos culturales de un destino. Para muchos viajeros, recorrer esas filas es ahora tan valioso como visitar un museo. La comida cotidiana ha dejado de ser un accesorio del viaje para convertirse en el protagonista absoluto de la experiencia.
La curiosidad del 36%
Pero no todos buscan lo desconocido. Un 36% de esos mismos viajeros entra a las tiendas locales buscando versiones regionales de productos que ya conocen en su país de origen. Es la búsqueda del familiar con un giro exótico. Quieren ver cómo es su pasta favorita o su salsa habitual cuando la elabora alguien de otra cultura.
Luego está el 33% que persigue marcas globales que no están disponibles en su mercado doméstico. Este comportamiento muestra que el supermercado es ahora un mapa del consumo global. Permite comparar, contrastar y entender qué llega a cada rincón del mundo y qué se queda en el camino. Es una forma práctica de leer la economía y la cultura a través de los estantes.

El ranking de las experiencias
Los datos de Statista no dejan lugar a dudas sobre las prioridades actuales. Las experiencias de alta cocina y las catas de vino ocupan el segundo lugar en las preferencias, con un 29% de los encuestados. Justo por encima, con un 34%, están los servicios de spa. Por debajo, aparecen la música en vivo con un 25% y las actividades de aventura con un 24%.
Las clases de cocina cultural, aunque populares, se ubican en el último puesto de esta lista con un 18%. Esto sugiere que el interés por la comida no siempre requiere una instrucción formal. A veces, la mejor lección culinaria es simplemente observar qué compra la gente para su cena de cada noche. La inmersión pasiva está ganando terreno frente a las actividades estructuradas.

El caso de Colombia y los latinos
Este fenómeno no es aislado. En Latinoamérica, los viajeros de México, Brasil y Argentina son los grandes impulsores de esta tendencia. Según el estudio The Latin American Experiences Traveler, el 96% de estos turistas visita atracciones y el 87% realiza tours. Pero la clave está en cómo combinan estas actividades con la gastronomía.
Colombia ha sido un gran beneficiario de este flujo. Entre enero y agosto de 2026, el país recibió a más de 545,000 visitantes de estos tres mercados. Brasil lideró el crecimiento con un 18%, seguido por México con un 7.1% y Argentina con un 3.6%. Estos viajeros no solo buscan paisajes; buscan sabores que conecten con su identidad culinaria pero que les ofrezcan algo nuevo.

Gasto y estadía
La profundidad de esta experiencia se refleja en el bolsillo. Los brasileños gastan en promedio 2,699 dólares por viaje y se quedan ocho noches. Los mexicanos invierten 2,432 dólares por seis noches, mientras que los argentinos destinan 1,512 dólares para nueve noches de estadía. Estas cifras indican que el viaje gastronómico es un segmento de alto valor.
No es un gasto impulsivo. Es una decisión calculada de inmersión cultural. El tiempo que estos viajeros dedican a explorar los sabores locales demuestra que la comida es el eje central de su planificación. Para los destinos que quieren captar esta demanda, entender este perfil es tan importante como tener buenos hoteles.
Más allá del restaurante
La industria turística está redefiniendo el concepto de oferta gastronómica. Ya no basta con tener un buen menú. Hay que entender el supermercado como un atractivo turístico más. Los viajeros de 2026 buscan autenticidad en lo cotidiano. Quieren ver la vida real de un lugar a través de sus alimentos.
Esta tendencia obliga a los destinos a repensar su estrategia. No se trata solo de promover restaurantes de lujo, sino de resaltar la riqueza de los ingredientes locales disponibles en cualquier tienda. La próxima gran experiencia turística no será una cata exclusiva, sino un paseo por el pasillo de las especias donde cada frasco cuenta una historia.
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