En la puna del noroeste argentino, la vicuña ofrece la fibra más fina del mundo. La historia de los camélidos andinos, del ancestral chaku heredado de los incas y de las manos que aún tejen la lana de la montaña.
En las alturas del noroeste argentino, donde el aire es delgado y la tierra parece tocar el cielo, viven unos animales que han acompañado al hombre andino desde tiempos remotos. Son los camélidos de los Andes, y en su lana se esconde uno de los tesoros más antiguos de estas montañas.
Guardianes de la puna
La puna es un altiplano frío y seco que se extiende por encima de los tres mil doscientos metros de altura, entre las provincias de Jujuy, Salta y Catamarca. Allí, donde pocos cultivos prosperan, los camélidos encontraron su hogar y se volvieron parte esencial de la vida de sus habitantes.
Para los pueblos originarios, estos animales nunca fueron solo una fuente de abrigo o alimento. Representaban un vínculo sagrado con la montaña y con la Pachamama, la madre tierra, a la que se agradecía cada esquila y cada cría nacida en los corrales de piedra de la altura.
Cuatro parientes de una misma familia
En los Andes conviven cuatro camélidos emparentados entre sí. Dos de ellos son domésticos, la llama y la alpaca, criados durante siglos por las comunidades. Los otros dos son silvestres, el guanaco y la vicuña, que recorren libres las estepas de altura sin dueño ni corral.
La llama fue durante generaciones el gran animal de carga de los Andes, capaz de cruzar sendas imposibles llevando sal, maíz y tejidos. La alpaca, en cambio, se crió sobre todo por su lana suave y abundante, mientras la vicuña guardaba el secreto de la fibra más fina de todas.
El vellón más fino del planeta

La vicuña es el más pequeño y delicado de los camélidos, y también el más asombroso. Según los especialistas, su fibra mide apenas entre doce y quince micras de grosor, lo que la convierte en una de las lanas más finas y valiosas que existen en el mundo entero.
Esa suavidad tiene un precio en esfuerzo, porque cada vicuña produce alrededor de doscientos gramos de fibra y solo puede esquilarse cada dos años. Por eso una prenda de vicuña legítima llega a alcanzar cifras altísimas en los mercados internacionales de lujo.
El chaku, una herencia de los incas
Desde tiempos de los incas existe una manera respetuosa de aprovechar esa fibra sin matar al animal. Se llama chaku, una palabra quechua que significa captura de vicuñas, y consiste en rodear grandes extensiones con una larga cadena humana para guiar a los animales hacia los corrales.
Una vez reunidas, las vicuñas se esquilan con mucho cuidado y luego se liberan de nuevo en la montaña. En el año dos mil tres, un equipo de investigadores organizó en Cieneguillas, en Jujuy, el primer chaku sostenible de la Argentina moderna, junto a los pobladores del lugar.
De la casi desaparición al renacer
No siempre la vicuña estuvo a salvo. Se calcula que antes de la caza intensiva pudo haber hasta tres millones de ejemplares en los Andes, pero hacia mediados del siglo veinte apenas quedaban unos diez mil, y la especie se encontraba al borde de desaparecer para siempre.
La alarma llevó a los países andinos a unirse. En el año mil novecientos sesenta y nueve firmaron en La Paz el Convenio de la Vicuña, y una década más tarde acordaron reglas aún más estrictas para frenar la caza furtiva y ordenar el comercio de su preciada fibra.
Manos que hilan la montaña
Detrás de cada hilo hay un saber antiguo que se transmite de madres a hijas en la puna. Con husos de madera que giran sin descanso, las tejedoras convierten el vellón en hebras finísimas, tal como lo hacían sus abuelas mucho antes de que llegaran los telares industriales.
Ese trabajo paciente guarda memoria y también identidad. En los ponchos, las fajas y las mantas andinas se leen colores y figuras que cuentan historias de comunidades enteras, un lenguaje tejido que sobrevive gracias a esas manos que todavía saben hacer las cosas con tiempo.
Un futuro tejido con respeto
Hoy la vicuña vuelve a poblar las alturas y su fibra sostiene a muchas familias de la puna, siempre que se la cuide con respeto. Cuidar a estos camélidos es también proteger un oficio milenario, esa unión silenciosa entre el animal, la montaña y las manos que la trabajan.

Keep following Daniel LópezHer next filing reaches you the moment it publishes, on her own subdomain.
Follow