El análisis de los restos del Cerro de San Vicente descarta la idea de una dieta improvisada y revela una economía compleja basada en la lana, el trabajo y rituales específicos.
No se trata de un montón inerte de desechos, sino de un registro contable de hace 2.600 años. En el Cerro de San Vicente, los arqueólogos han sacado a la luz más de 5.000 fragmentos óseos que, al ser publicados en Archaeological and Anthropological Sciences, obligan a revisar cómo entendíamos la alimentación de la Primera Edad del Hierro en Salamanca. No hay espacio para la imaginación romántica aquí; solo hay huesos rotos, mezclados y testigos mudos de una realidad cotidiana que los datos han rescatado de la oscuridad.
La dieta real, lejos de los mitos
Durante años, la narrativa sobre la alimentación antigua se apoyó en suposiciones vagas. Pero los datos del estudio son fríos y precisos: la dieta no era improvisada. Había una estructura económica clara, una jerarquía de recursos y momentos concretos donde ciertos animales aparecían en la mesa de formas excepcionales. Este hallazgo no es un simple catálogo de especies, sino una ventana a la organización social de un asentamiento de unos 600 metros cuadrados que dejó su huella en el suelo salmantino.
La dieta real, lejos de los mitos
El estudio, centrado en niveles datados entre el 650 y el 500 a. C., muestra una base sólida. Las ovejas y cabras dominan el registro con un 43,5% de los ejemplares identificados. Detrás de ellas, el ganado vacuno aporta un 21,1% y los cerdos, principalmente, un 15,5%. Estos son los pilares. La ganadería no era un lujo, era la columna vertebral de la subsistencia diaria de estos habitantes.
Más que carne: la economía de los productos secundarios
Sin embargo, la historia se complica cuando miramos los porcentajes menores. Los équidos solo representan un 3,3% del total. ¿Por qué es esto importante? Porque indica que el caballo no era una fuente de proteína rutinaria. No se mataba caballos para el almuerzo o la cena de todos los días. Su presencia en los basureros domésticos sugiere algo distinto. Era un recurso reservado, ligado a momentos de especial relevancia o a espacios de carácter ritual.
El caballo y la tortuga como excepciones
De la misma forma, aparecen rastros de tortugas, pesca y recolección de moluscos de agua dulce. Estos elementos no son abundantes, pero su existencia rompe con la idea de una economía cerrada y puramente pastoril. Eran una comunidad flexible, capaz de adaptarse al entorno y de aprovechar recursos menores para complementar su dieta principal.

El caballo y la tortuga como excepciones
Un error común al estudiar la arqueología de la alimentación es pensar solo en el plato final. Para la comunidad del Cerro de San Vicente, el animal era una unidad productiva integral. El estudio señala que la explotación de los animales tenía varios objetivos simultáneos. No se mataba a una oveja solo para comer su carne; se la mantenía viva para obtener lana. Esa lana tenía valor, intercambio y utilidad textil.
El método detrás de los huesos
Con el ganado vacuno pasaba algo similar. Aunque su carne era parte del consumo, su principal valor a menudo residía en el trabajo y en los productos lácteos. Mantener un rebaño de vacas es una inversión a largo plazo que requiere cuidado y espacio. No es lo mismo que cazar o mantener cerdos, que maduran rápido y son eficientes como fuente de grasa y proteína muscular.
El método detrás de los huesos
Las cabras y los cerdos, por su parte, tenían una mayor importancia como fuente directa de carne. Su ciclo de crecimiento es más corto y su manejo más sencillo. Esta diversificación de funciones, lana, leche, trabajo y carne, demuestra un conocimiento avanzado de la gestión de recursos. No era una economía de escasez extrema, sino una de optimización cuidadosa de cada recurso disponible.
El método detrás de los huesos
Aquí es donde la narrativa se vuelve más interesante. El estudio documenta evidencias puntuales de consumo de caballos. En contextos arqueológicos, encontrar restos de équidos en basureros domésticos es un indicador de estatus o de ritual. No es lo que uno come cuando tiene hambre. Es lo que se come en una fiesta, en un sacrificio o en un momento de celebración de la comunidad.

Lo que esto cambia en nuestra visión
La presencia de tortugas, aunque en cantidades menores, añade otra capa de complejidad. No son animales de ganadería. Requieren un esfuerzo de captura o recolección específico. Que aparezcan en el registro óseo indica que la dieta no era estática. Cambiaba según la estación, la disponibilidad y, posiblemente, las festividades del calendario local.
Lo que esto cambia en nuestra visión
Estos hallazgos nos obligan a replantearnos la rigidez de las estructuras sociales antiguas. No eran comunidades aisladas y monótonas. Eran sociedades dinámicas, donde la comida era un marcador social. Comer cierto tipo de carne podía ser una forma de mostrar pertenencia, riqueza o participación en un ritual compartido.
Lo que esto cambia en nuestra visión
No todo fue un camino llano para los investigadores. De los más de 5.000 restos recuperados, solo un 34% pudo identificarse anatómica y taxonómicamente. El resto se perdió en la fragmentación o fue alterado por la actividad de otros animales a lo largo de los siglos. Esto es normal en la arqueología, pero obliga a ser cautos con las conclusiones.
Lo que esto cambia en nuestra visión
La dificultad de identificación también nos dice algo sobre el tipo de desecho. Si los huesos están muy fragmentados, es probable que fueran procesados intensivamente. Tal vez se les sacó la médula, se limpiaron los tendones o se partieron para extraer la grasa. El desgaste óseo no es solo el tiempo, es la acción humana y la naturaleza trabajando juntas.

Lo que esto cambia en nuestra visión
A pesar de estas limitaciones, el volumen de material es suficiente para establecer patrones claros. No estamos hablando de un solo hueso suelto, sino de miles de fragmentos que permiten reconstruir la proporción de especies. Esta robustez estadística da solidez a las conclusiones sobre la dieta y la economía del asentamiento.
Lo que esto cambia en nuestra visión
Este estudio en el Cerro de San Vicente no es solo un dato más para los libros de historia de Salamanca. Es una pieza que encaja en un rompecabezas mayor sobre la Edad del Hierro en la península ibérica. Nos muestra una sociedad compleja, con especialización en la ganadería y una capacidad de adaptación notable a los recursos naturales de su entorno.
Lo que esto cambia en nuestra visión
La próxima vez que piensen en cómo vivían nuestros antepasados lejanos, recuerden esto. No eran figuras borrosas en el pasado. Tenían preferencias, rituales y una economía sofisticada. Comían caballos y tortugas, sí, pero solo cuando el momento lo exigía. El resto del tiempo, la vida giraba en torno a la lana, la leche y la carne de cerdo. Una realidad mucho más terrenal y humana de lo que a veces imaginamos.
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