Cada invierno, millones de mariposas monarca cubren los bosques de oyamel de Michoacán y el Estado de México tras viajar miles de kilómetros. Recorro este Patrimonio Natural de la Humanidad y sus santuarios, que abren sus puertas de noviembre a marzo.
Como cronista de viajes, pocos espectáculos en México me conmueven tanto como la llegada de las mariposas monarca a los bosques del centro del país. Cada año, cuando el otoño avanza, millones de estos frágiles insectos transforman las montañas en un auténtico mar de color naranja. Es un fenómeno natural que, por más veces que lo describa, nunca deja de parecerme uno de los grandes tesoros vivos de nuestro territorio.
Un santuario en las montañas del centro de México
La Reserva de la Biosfera de la Mariposa Monarca se extiende entre los estados de Michoacán y el Estado de México, y abarca una superficie de 56,259 hectáreas. De ellas, 13,554 conforman la zona núcleo, el corazón protegido donde las mariposas pasan el invierno resguardadas entre la espesura de los bosques de altura, lejos de cualquier amenaza.
Estos bosques, dominados por el majestuoso oyamel, se ubican a unos 3,200 metros de altitud, en las faldas de montañas cercanas a lugares como el Nevado de Toluca y el Valle de Bravo. El clima fresco y húmedo de estas alturas resulta ideal para que las monarca sobrevivan durante los meses más fríos, muy lejos del invierno extremo del norte del continente.
El valor de este lugar es tan grande que, en el año 2008, fue declarado Patrimonio Natural de la Humanidad por la Unesco. Ese reconocimiento internacional celebra que la reserva protege los principales sitios de hibernación de la mariposa monarca, un patrimonio biológico único que México comparte con el resto del mundo y que tiene la enorme responsabilidad de cuidar.
Un viaje de cuatro mil kilómetros
Lo que hace verdaderamente asombrosa a la monarca no es solo su belleza, sino la increíble travesía que realiza para llegar hasta aquí. Cada temporada, estas mariposas recorren cerca de 4,000 kilómetros desde Canadá, cruzando buena parte de Norteamérica en una de las migraciones más largas y sorprendentes de todo el reino animal.
Ningún individuo completa el viaje de ida y vuelta por sí solo, pues la travesía abarca varias generaciones que se van relevando en el camino. Resulta casi imposible comprender cómo un ser tan pequeño y aparentemente frágil logra orientarse a lo largo de miles de kilómetros para regresar, año tras año, a los mismos bosques que habitaron sus antepasados.
Tras semanas de vuelo, las primeras mariposas suelen concluir su largo recorrido entre finales de octubre y principios de noviembre. Es entonces cuando comienzan a llenar los santuarios mexicanos, marcando el inicio de una temporada que la gente de la región espera con enorme ilusión durante todo el resto del año.
El vuelo naranja y negro

A quien nunca ha visto una monarca de cerca le cuesta imaginar su intensidad. Sus alas de un naranja encendido, surcadas por gruesas venas negras y bordeadas de pequeños puntos blancos, la vuelven absolutamente inconfundible. Posada sobre una flor, parece una pequeña joya viva, delicada y luminosa al mismo tiempo, capaz de detener la mirada de cualquiera.
Pero el verdadero espectáculo llega cuando se reúnen por millones. Las mariposas se agrupan sobre las ramas de los oyameles en racimos tan densos que llegan a doblar las ramas con su peso. Cuando el sol calienta el bosque y todas emprenden el vuelo a la vez, el aire se llena de un murmullo suave y de un río de color realmente imposible de olvidar.
Los santuarios abiertos al público
Para quienes desean vivir esta experiencia, la reserva cuenta con santuarios habilitados para recibir visitantes. El más grande, conocido y concurrido es El Rosario, mientras que Sierra Chincua, ubicado a pocos kilómetros de Angangueo, en Michoacán, es otro de los espacios más visitados por los viajeros durante la temporada.
La época para admirar a las monarca va de noviembre de cada año hasta marzo del siguiente. Los recorridos se hacen a pie, acompañados por guías locales, y exigen respeto y silencio para no perturbar a las mariposas. Subir por los senderos del bosque hasta encontrarlas es, en sí mismo, una parte fundamental de toda la aventura.
Un frágil equilibrio
Detrás de esta maravilla se esconde un equilibrio sumamente delicado. El bosque de oyamel ofrece a las monarca la temperatura y la humedad exactas que necesitan para sobrevivir, por lo que su conservación resulta absolutamente vital. Proteger estos árboles es, en la práctica, proteger el futuro mismo de una de las grandes migraciones del planeta.
Un espectáculo que vale la pena vivir
Con la nueva temporada acercándose poco a poco, no puedo dejar de invitar a mis lectores a planear una visita a estos santuarios. Contemplar a las mariposas monarca cubriendo los bosques de Michoacán es una de esas experiencias que reordenan nuestra idea de lo posible, y que nos recuerdan, con una humildad conmovedora, la fuerza y la belleza de la naturaleza mexicana.
Aprendí mucho sobre santuarios aquí.
Buen análisis de santuarios.
Buena mirada a fondo sobre santuarios.

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