Denominación de Origen desde 1925 y primera Calificada de España en 1991, la Rioja reúne unas 65.000 hectáreas de viña en tres subzonas. Del tempranillo a la barrica de roble, un recorrido por la tierra, las manos y la paciencia que se esconden detrás de cada copa de crianza, reserva o gran reserva.
Los vinos y los viñedos, y las manos que aún trabajan la tierra, son lo mío, y pocos lugares en España cuentan esa historia tan bien como La Rioja. Basta con recorrer sus laderas cubiertas de cepas para entender que aquí el vino no es solo una bebida, sino toda una forma de vivir y de mirar el paisaje.
Cada otoño, cuando las hojas se tiñen de rojo y las manos se manchan de mosto, se repite un gesto que viene de muy lejos. Detrás de cada copa de Rioja hay siglos de trabajo, un suelo concreto y un saber hacer que ha convertido a esta región en el emblema del vino español en el mundo entero.
La primera gran denominación de España
La Rioja no es una denominación cualquiera. Obtuvo su reconocimiento como Denominación de Origen ya en 1925, lo que la convierte en la más antigua de España, y desde entonces no ha dejado de crecer en prestigio dentro y fuera de nuestras propias fronteras.
El gran salto llegó en abril de 1991, cuando se transformó en la primera Denominación de Origen Calificada del país. Esa etiqueta, la máxima categoría que existe en España, implica un control mucho más estricto de la calidad, del origen y de cada paso que sigue el vino hasta llegar a la mesa.
Un mosaico de tres subzonas
Hablar de Rioja es hablar de un enorme mosaico de viñedos que suman alrededor de 65.000 hectáreas de cepas. Un mar de viñas que se extiende por el valle del Ebro y que, lejos de ser uniforme, se divide en tres grandes subzonas con personalidades muy distintas entre sí.
La mayor es la Rioja Alta, con unas 27.000 hectáreas, seguida de la Rioja Oriental, antes llamada Rioja Baja, con cerca de 25.000, y de la Rioja Alavesa, con unas 13.000. Juntas se reparten entre la comunidad de La Rioja, una parte de Álava y otra de Navarra.
El tempranillo, alma de la tierra
Si hay una uva que define esta tierra, esa es el tempranillo, la variedad reina que da a los tintos riojanos su carácter y su elegancia. A su lado conviven otras castas históricas como la viura, la garnacha, el graciano y el mazuelo, cada una con su papel en la mezcla final.
Ninguna de estas uvas llegaría muy lejos sin las personas que las cuidan. Son las manos de los viticultores las que podan en invierno, vigilan la viña en verano y deciden el momento justo de la vendimia, ese instante delicado en el que se juega buena parte de la calidad final del vino.
El secreto está en la madera

Pero lo que de verdad distingue a un buen Rioja es lo que ocurre después, en la penumbra de la bodega. Allí, el vino reposa durante meses o años en barricas de roble de 225 litros, donde poco a poco se redondea, se suaviza y se impregna de aromas de vainilla, especias y madera tostada.
Ese paso por la barrica es casi una ceremonia. Cada bodega vigila sus toneles como quien cuida un tesoro, girando, trasegando y catando el vino hasta dar con el punto exacto. Es un trabajo de paciencia en el que el tiempo se convierte en el mejor de los aliados posibles.
Crianza, reserva y gran reserva
De ese envejecimiento nacen las categorías que todos hemos leído alguna vez en la etiqueta. Un crianza debe reposar al menos dos años, de los cuales uno en barrica, mientras que un reserva exige un mínimo de tres años, con al menos uno en madera y seis meses en botella.
En lo más alto se sitúa el gran reserva, reservado a las mejores añadas. Este vino debe envejecer un mínimo de cinco años, con al menos dos en barrica y otros dos en botella, antes de salir al mercado. Beber uno de ellos es, en cierto modo, beberse el paso del tiempo.
Mucho más que una etiqueta
Cuando abro una botella de Rioja, no pienso solo en la uva ni en la madera. Pienso en todas esas manos que aún trabajan la tierra, en los pueblos que viven del viñedo y en un paisaje que se ha modelado, hilera a hilera, durante generaciones enteras.
Por eso creo que este vino es mucho más que una etiqueta o una moda pasajera. Es memoria, es economía y es identidad, todo servido en una copa. Y mientras haya quien se agache a cuidar cada cepa, la Rioja seguirá contando, sorbo a sorbo, la historia de esta tierra.
Sigo Rioja y esto ayuda.
Rioja: mejor tratado que en otros sitios.

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