En un barranco del sur de Chile crece el Gran Abuelo, un alerce que podría superar los cinco mil años y convertirse en el árbol más viejo del planeta. La historia del gigante de la selva valdiviana y del esfuerzo por protegerlo.
Pocos árboles del mundo guardan tanto tiempo dentro de su tronco como el que crece en un húmedo barranco del sur de Chile. Conocido con cariño como el Gran Abuelo, este alerce podría ser el ser vivo más antiguo del planeta, un testigo silencioso de miles de años de historia.
Un gigante escondido en el sur
El Gran Abuelo se levanta en el Parque Nacional Alerce Costero, en la Región de Los Ríos, un rincón de bosque lluvioso templado donde el verde lo cubre todo. Durante siglos permaneció casi ignorado, protegido por la humedad, la distancia y la espesura de la selva valdiviana que lo rodea por completo.
Su tronco supera los cuatro metros de diámetro, tan ancho que varias personas juntas apenas lograrían abrazarlo por entero. Lo más asombroso es que, según los estudios, solo cerca del veintiocho por ciento del árbol sigue vivo, concentrado sobre todo en su corteza y en sus raíces más profundas.
Más viejo que las pirámides
Un equipo encabezado por el investigador Jonathan Barichivich, junto a Antonio Lara de la Universidad Austral de Chile, calculó que el Gran Abuelo podría tener más de cinco mil años. Algunas estimaciones lo sitúan incluso en torno a los cinco mil cuatrocientos ochenta y cuatro años de vida sobre la tierra.
Si esa cifra llegara a confirmarse, el alerce chileno destronaría a Matusalén, un pino longevo de California considerado durante décadas el árbol más viejo del mundo. El Gran Abuelo sería así varios siglos mayor que ese famoso récord, aunque los propios científicos piden mucha prudencia con las cifras.
Cómo se mide la edad de un árbol
Para acercarse a esa edad, los investigadores usaron en el año dos mil veinte una técnica muy cuidadosa, extrayendo con un barreno un fino cilindro de madera sin dañar el árbol. En esa muestra lograron contar cerca de dos mil cuatrocientos anillos de crecimiento, un número que ya resulta impresionante.
El problema es que el barreno no alcanzó el corazón del tronco, demasiado grueso para ser atravesado por completo. Por eso el resto de la edad se estimó con un modelo matemático que reconstruye cómo crece un alerce a lo largo de su vida, desde el brote más tierno hasta el árbol ya maduro.
Los científicos advierten que aún falta la prueba definitiva, un conteo completo de los anillos conocido como dendrocronología. Mientras esa verificación no exista, la edad exacta seguirá siendo un cálculo probable, discutido con honestidad por quienes estudian a este anciano del bosque chileno.
Un bosque que respira historia

El Gran Abuelo no crece solo, sino en medio de la selva valdiviana, uno de los pocos bosques lluviosos templados que quedan en el planeta. Allí la lluvia cae casi todo el año y el aire se mantiene fresco, con una temperatura media cercana a los doce grados durante buena parte del tiempo.
Sobre la corteza del alerce y sobre las rocas del suelo crecen líquenes, musgos y helechos que forman un manto verde y húmedo. Ese tapiz vivo convierte al bosque en un mundo silencioso y antiguo, donde cada tronco caído alimenta nueva vida y el tiempo parece transcurrir de otra manera.
El alerce, un árbol convertido en monumento
El alerce, cuyo nombre científico es Fitzroya cupressoides, fue durante mucho tiempo codiciado por su madera resistente y de hermosa veta. La tala intensa redujo de forma alarmante sus bosques, hasta que Chile decidió protegerlo y declararlo monumento natural, prohibiendo cortar los ejemplares vivos.
Gracias a esa protección, árboles como el Gran Abuelo pudieron seguir en pie. Hoy son considerados un patrimonio natural de todo el país, símbolos de un pasado remoto que sobrevive frente a nosotros y que conecta a los chilenos con la historia más profunda de su propia tierra.
Las amenazas sobre el gigante
Pese a su fortaleza, el Gran Abuelo enfrenta nuevos peligros. La corporación forestal de Chile ha reforzado su cuidado, sumando guardaparques, porque cada año llegan cerca de diez mil visitantes deseosos de contemplarlo, y esa gran afluencia deja huellas sobre el frágil suelo del bosque.
Los expertos explican que, al caminar sobre la tierra cercana a sus raíces, las personas pueden dañar sin querer las últimas partes vivas del árbol. A esa presión se suma un clima cada vez más seco, que obliga a repensar cómo cuidar a un ser que ha resistido en pie durante milenios.
Un patrimonio vivo para el futuro
El Gran Abuelo nos recuerda que la naturaleza guarda memorias mucho más largas que las nuestras. Cuidar a este alerce y al bosque que lo abriga no es solo proteger un árbol, sino honrar a un testigo vivo que germinó cuando apenas comenzaban las primeras grandes civilizaciones humanas.

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