El Banco Mundial proyecta un crecimiento del 2,2% para América Latina, mientras los gigantes regionales frenan y economías menores lideran la tabla.
El dato es frío y no admite interpretaciones optimistas: la región crecerá solo un 2,2% en 2026. Esta estimación, revelada el martes por el Banco Mundial, marca una caída respecto al 2,4% del año anterior. No es una catástrofe, pero sí un frenazo claro que impide cualquier ilusión de despegue inmediato en la zona.
Hay una realidad incómoda detrás de esa cifra. Las dos economías más grandes, Brasil y México, están estancadas o creciendo por debajo del promedio regional. El contraste con el resto de la tabla es abultado y plantea una duda seria sobre si este modelo de desarrollo es sostenible o si los líderes simplemente están perdiendo el tren.
Los gigantes que no arrancan
México, con un 1,4% proyectado, vive uno de sus peores momentos de dinamismo. La entidad financiera culpa a las condiciones monetarias estrictas para domar la inflación, la incertidumbre política y, sobre todo, al desplome de la inversión pública. Sin ese motor, la economía se queda coja.
Brasil no va mucho mejor, con un 2,1%. La receta es similar: una tormenta perfecta de factores macroeconómicos que asfixia el crecimiento. No se trata solo de tipos de interés, sino de una confianza erosionada en el sector privado y en los capitales extranjeros que ya no llegan con la misma fuerza de antes.
Es frustrante ver cómo los grandes pesos pesados avanzan a paso de tortuga mientras el resto acelera. El contraste es brutal y obliga a mirar hacia otros destinos de inversión. Si los líderes no despegan, la región entera se arrastra por el suelo.

Los que sí corren
Entre la gris, hay tres luces que brillan con fuerza: El Salvador, Paraguay y Argentina. El primero estima un 4,5% de crecimiento, mientras que Paraguay se dispara hasta el 4,7%. La clave no es la suerte, sino la disciplina fiscal y la estabilidad que han sabido construir.
Estos países han logrado lo que otros no: una inversión privada robusta gracias a marcos de seguridad y austeridad. Demuestran que no hace falta gastar de más para crecer. Basta con crear un entorno estable donde el capital privado se sienta seguro para apostar por el futuro.
Argentina es el caso más complejo y fascinante. Con un 2,1%, el país logra algo histórico: crecer tres años seguidos, de 2025 a 2027, por primera vez en casi veinte años. El ajuste fiscal y las reformas tributarias funcionan, aunque la cifra quede lejos del 4,5% que registró el año pasado.

La presión de las tasas
¿Por qué no hay más optimismo? La respuesta la tienen los bancos centrales. El Banco Mundial avisa de que las tasas de interés se mantendrán altas durante más tiempo para controlar los precios. Eso encarece el crédito y frena cualquier iniciativa de inversión que requiera financiamiento externo.
La volatilidad de los precios de la energía añade otra capa de riesgo inflacionario. A esto se suma el fenómeno de El Niño, que amenaza la actividad económica. Las sequías afectan la generación hidroeléctrica y la agricultura, mientras que las lluvias excesivas destruyen infraestructura clave para el transporte y la producción.
La Fed también juega sus cartas. Sus actas de septiembre sugieren que muchos funcionarios siguen abiertos a subir tipos. Eso presiona al dólar y a los rendimientos de los bonos, haciendo que la deuda de los emergentes sea aún más cara de mantener. El contexto global no ayuda en nada.

El precio de la inacción
Un crecimiento insuficiente no es solo un número en un informe. Tiene consecuencias sociales reales y dolorosas. Según AFP, este desempeño limita la capacidad de la región para reducir la pobreza y la informalidad. Sin crecimiento sólido, no hay dinero para las políticas sociales que la gente necesita.
Susana Cordeiro Guerra, vicepresidenta del Banco Mundial para la región, insiste en que hay potencial para más. Los países que han mantenido marcos macroeconómicos sólidos y han impulsado reformas están demostrando que es posible lograr un crecimiento más fuerte. La inercia no es una opción viable.
El mensaje es directo: la región no está condenada al estancamiento, pero la inacción es un lujo que no puede permitirse. Los que reforman y estabilizan están ganando terreno. Los que esperan a que la marea suba por sí sola están perdiendo la carrera cada día que pasa.
El punto de inflexión
Estas proyecciones llegan una semana antes de la reunión bianual del Banco Mundial. Es el momento clave para definir las prioridades de financiamiento del próximo ciclo. La señal es de cautela, pero también de oportunidad para quienes estén dispuestos a hacer las reformas difíciles que llevan tiempo posponiendo.
Para México y Brasil, el reto es urgente. Si no logran atraer inversión privada y estabilizar sus marcos regulatorios, el crecimiento regional seguirá dependiendo de las economías pequeñas y reformistas. Los gigantes se quedarán en la cola, mirando cómo el resto de la región avanza sin ellos.
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